sábado, 25 de junio de 2016

San Guillermo, abad (25 de junio)




San Guillermo, abad.

(† 1142.)

El venerable padre de los ermitaños del Monte-Virgen, san Guillermo nació en Vercelli de ilustre linaje, y aunque perdió en su infancia a sus padres, corrió su educación a cargo de unos parientes que le criaron noble y cristianamente. A los catorce años no cumplidos de su edad, tocado de Dios, dio libelo a todas las cosas del mundo, y en hábito de pobre peregrino, cubierto de un tosco sayal y descalzos los pies, vino a visitar el glorioso sepulcro de Santiago de Compostela. En este camino hizo jornada en la casa de un piadoso herrero que tenía devoción de hospedar a los peregrinos, y para añadir el santo mancebo nuevos rigores a su penitencia le rogó que le labrase dos cercos de hierro y luego le rodease con ellos el pecho, trabándoselos por los hombros de manera que jamás pudiesen desasirse ni caerse. Esta manera de cilicio llevó el santo todo el tiempo de su vida. Volviendo después a Italia pasó al reino de Nápoles y se retiró en lo más áspero de un monte llamado Virgiliano, que de entonces acá lleva el nombre de Monte-Virgen, donde el santo anacoreta edificó una iglesia en honra de la Virgen santísima, y echó los cimientos de su nueva religión. Era tan admirable la vida que allí hacía san Guillermo con los numerosos discípulos que se le juntaron, que no parecía sino que la Tebaida se había trasladado al Monte-Virgen. La regla viva de aquellos fervorosos monjes era el ejemplo de su santo abad, y sus constituciones los consejos del santo Evangelio. Y como se esparciese por todas partes el buen olor de sus religiosas virtudes, fue menester se edificasen en breve tiempo otros muchos monasterios. Cada día ilustraba el Señor la santidad de su siervo con nuevos dones y carismas celestiales: porque daba vista a los ciegos, oído a los sordos, habla a los mudos y salud a toda suerte de enfermos. Habiéndole llamado el rey de Sicilia, Rogerio, a su corte, le edificó un nuevo monasterio no lejos de su palacio, para tener consigo a aquel varón de Dios, y aprovecharse de sus consejos. En esta sazón unos malignos cortesanos, cuyos ojos no podían sufrir el resplandor de tan grandes virtudes, calumniaron al santo delante del príncipe, poniendo mácula en su honestidad, y echando mano de una mujer desenvuelta para que le tentase. Súpolo el siervo de Dios, y mandó encender una hoguera, en la cual se arrojó, a vista de aquella dama, con lo cual la convirtió y deshizo toda aquella trama infernal. Finalmente habiendo profetizado delante del rey y de muchos señores de la corte, que ya el Señor de los cielos le llamaba para sí, acabó su vida llena de virtudes y milagros con la preciosa muerte de los justos, y su santo cuerpo fue enterrado en un magnífico sepulcro de mármol, acreditando Dios la santidad de su siervo con numerosos prodigios. 


Reflexión: 

Cuando el rey de Nápoles y Sicilia, Rogerio llamó a su corte a nuestro santo, le encomendó toda la familia real y le pedía su consejo en todos los graves negocios del reino. Y ¿crees tú que aprovechaban menos los consejos de un santo, para la felicidad de todo el reino, que las maniobras de políticos ambiciosos, que sólo ponen los ojos en mezquinos intereses de partidos? ¿Qué otra cosa es ese malestar general, y ese desconcierto social de que todos se lamentan, sino un resultado necesario, y un castigo bien merecido de la sacrílega locura de los hombres, que prescindiendo de la ley de Dios, pretenden gobernarse a su antojo? 


Oración: 

Te suplicamos, Señor, que la intercesión del bienaventurado Guillermo, abad, haga nuestras preces aceptables ante tu divino acatamiento, para conseguir por su patrocinio lo que no podemos alcanzar por nuestros méritos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

viernes, 24 de junio de 2016

La natividad de san Juan Bautista (24 de junio)



La natividad de san Juan Bautista. 

(6 meses antes de J. C.)


El nacimiento del gloriosísimo Precursor de Cristo, san Juan Bautista, cuya festividad celebra la Iglesia con tanto gozo y regocijo, refiere el mismo sagrado Evangelio por estas palabras: "Entretanto le llegó a Elisabeth el tiempo del alumbramiento y dio a luz un hijo. Tuvieron noticia sus vecinos y parientes de la gran misericordia que Dios le había hecho, y se congratulaban con ella. El día octavo del nacimiento, vinieron a la circuncisión del niño, y llamábanle con el nombre de su padre Zacarías; pero su madre no lo consintió y dijo: No: en ninguna manera; sino que se ha de llamar Juan. Replicáronle: ¿No ves que nadie hay en tu parentela que tenga ese nombre? Y preguntaban por señas al padre del niño cómo quería que se llamase. Entonces, pidiendo él la tablilla de escribir, escribió así: Juan es su nombre. Maravilláronse todos; y en aquel instante se le abrió a Zacarías la boca y se le desató la lengua, y comenzó a hablar, bendiciendo a Dios. Con lo que un santo temor se apoderó de todas las gentes comarcanas, y se divulgó la noticia de esos extraordinarios sucesos por todo el país de las montañas de Judea, y cuantos los oían, los ponderaban en su corazón, y decíanse unos a otros: ¿Quién pensáis que ha de ser este niño? Porque en verdad se ostentaba en él admirablemente la poderosa mano del Señor. Sobre todo esto su padre Zacarías fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó diciendo: Bendito sea el Señor Dios de Israel; porque se ha dignado visitar y redimir a su pueblo. Ya nos ha suscitado un poderoso Salvador en la casa de David su siervo; según lo tenía anunciado por boca de sus santos profetas, que vaticinaron en todos los tiempos pasados; a fin de librarnos de nuestros enemigos y de las manos de aquellos que nos odiaban; usando misericordia con nuestros padres, y acordándose de su santa alianza y del juramento con que prometió a nuestro padre Abraham que nos otorgaría la gracia de que, libertados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor todos los días de nuestra vida. Y tú, ¡oh niño! tú serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos; enseñando a su pueblo la ciencia de la salvación para que obtenga la remisión de los pecados por las misericordiosas entrañas de nuestro Dios, con que nos ha visitado de lo alto del cielo, amaneciendo cual sol naciente para alumbrar a los que están de asiento en las tinieblas y en las sombras de la muerte, y enderezar nuestros pasos por las sendas de la paz". (EVANG. S. Lc. 1). 



Reflexión: 

Se cumplieron maravillosamente a la letra todas las profecías que había hecho el arcángel san Gabriel. Nació el dichoso niño de padres ancianos y estériles; se llamó Juan que quiere decir gracia, y de gracia fue colmado desde que la Virgen visitó a su prima santa Elisabeth, y redundó aquella plenitud de gracia en el santo anciano Zacarías, que juntamente con el uso de la lengua recibió tan alto don de profecía. ¡Qué divinas son las palabras que habló a su infante recién nacido llamándole Profeta del Altísimo, y Precursor del Mesías deseado! Celebremos pues también nosotros con júbilo de nuestras almas tan alegre nacimiento disponiéndonos a recibir la gracia de Cristo anunciada por san Juan, que fue el más grande y glorioso de los profetas. 


Oración: 

¡Oh Dios! que hiciste este día tan solemne para nosotros por el nacimiento de san Juan Bautista, concede a tu pueblo la gracia de los espirituales regocijos, y endereza las almas de todos por el camino de la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

jueves, 23 de junio de 2016

Santa Ediltrudis, reina y abadesa (23 de junio)



Santa Ediltrudis, reina y abadesa. 

(† 679)

La gloriosa reina Ediltrudis, fue hija de Anas, rey de los ingleses orientales, varón muy religioso, el cual la casó con Tombrecto, príncipe de los girvios australes. Viviendo con este príncipe guardó siempre la bendita Ediltrudis su virginidad y entereza. Y aunque por muerte de su esposo, fue segunda vez casada con Ecfrido, rey de los nordanimbros, con quien vivió por espacio de doce años, conservó siempre su pureza virginal, con el beneplácito del rey su marido, a quien ella quería y amaba más que a todas las cosas de esta vida. Le suplicó muchas veces le diese licencia para servir en un monasterio al Rey de los cielos, y al cabo de doce años lo consiguió, y entró en un monasterio donde era abadesa Evacia, tía de su esposo, y allí tomó el velo de manos del santo obispo Wilfrido. Fue nombrada después por abadesa de dos monasterios que fundó en su mismo reino, donde gobernó santamente a muchas devotas monjas, a quienes fue ejemplo de vida celestial. Desde que entró en el monasterio no quiso traer más vestidura de lino, sino de lana. Entraba raras veces en los baños (tan usados por todas personas en aquellos tiempos), y estas en las fiestas principales, como el día de Pentecostés y Epifanía, y como si fuese sierva de todas sus hermanas, se ejercitaba con gran humildad en los más bajos oficios del monasterio. No comía más de una vez al día, sino en los días de gran fiesta. Desde la hora de maitines hasta el alba estaba siempre en la iglesia en oración. Tuvo espíritu de profecía y profetizó una pestilencia que había de venir, y que había de morir en ella, y nombró otros que también habían de morir en dicha peste, como sucedió. Viéndose afligida con una muy penosa llaga en el cuello, daba continuamente gracias al Señor, sufriéndola con gran paciencia y alegría; y diciendo que Dios castigaba con ella la vanidad que había tenido en su juventud, cuando llevaba en la corte preciosos collares de perlas y diamantes. Finalmente después de una larga enfermedad, y de una vida purísima y llena de admirables virtudes, entregó su alma al Creador, y fue sepultada humildemente en un sepulcro de madera, como ella lo había dispuesto. A los diez años de su muerte, su hermana Sexburga, viuda del rey de Cantua, que la sucedió en el gobierno del monasterio, mandó trasladar el santo cuerpo a un sepulcro de piedra, y lo hallaron sin corrupción alguna: y un famoso médico le miró la llaga que tenía y la halló cicatrizada como si estuviera viva, y se la hubiesen curado los cirujanos.


Reflexión:

¡Qué bella parece la flor de la virginidad resplandeciendo en la persona de una reina cristiana! Esta virtud guardó pura e intacta la gloriosa Ediltrudis, la cual, a pesar de ser esposa de dos reyes, no quiso perder el nombre de esposa del Rey de los cielos y Señor de los que dominan. Por esta causa enamorados los coros angélicos de la hermosura de aquella alma purísima la presentaron al trono del Rey de los reyes, el cual la coronó con inmarcesible diadema de gloria. Tengamos pues en gran estima y aprecio esta virtud celestial; y pensemos que si su hermosura es tan agradable a los ojos de Dios, que ha querido ser glorificado por ella en tantos santos, la fealdad de los vicios contrarios a esta virtud le son muy desagradables y dignos de aborrecimiento y severo castigo.


Oración:

Señor Dios, que quisiste que la bienaventurada reina Ediltrudis se conservase intacta aun en dos matrimonios: concédenos que sepamos dignamente estimar la virtud de la continencia; y podamos por la intercesión de la santa, observarla cada uno según pide su estado. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

miércoles, 22 de junio de 2016

San Paulino, obispo de Nola (22 de junio)



San Paulino, obispo de Nola.

(† 431)

El santísimo obispo de Nola san Paulino fue de nación francés, y nació de padres muy nobles y ricos en la ciudad de Burdeos. Tuvo por maestro a Ausonio Galo, excelente poeta y muy estimado en aquellos tiempos; y llegado a la edad competente, se casó con una señora muy principal llamada Terasia, y como todos tenían en él puestos los ojos así por su sangre como por sus letras, riquezas y loables costumbres, llegó a ser cónsul y prefecto de la ciudad de Roma. No tuvo hijos de su mujer y así propusieron los dos esposos, tocados de Dios, vivir como hermanos, y se vinieron a España y estuvieron algún tiempo en Barcelona, donde por aclamación del pueblo, el obispo Lampio, contra la voluntad del santo, que quería servir a la Iglesia de sacristán, le ordenó de sacerdote, como el mismo santo lo refiere en sus escritos. Habiendo repartido a los pobres todos sus bienes, se retiró con su esposa a un campo de la ciudad de Nola, donde vivían en hábito y profesión de monjes; mas como ya la fama de sus virtudes se hubiese extendido por toda aquella tierra, muriendo el obispo de Nola, le compelieron a aceptar el gobierno de aquella Iglesia, donde edificó a todos no menos con sus admirables ejemplos, que con su celestial doctrina. Lo envió llamar al emperador Honorio para un concilio que se juntaba sobre ciertos negocios tocantes a la quietud de la Iglesia, llamándole santo y venerable padre y verdadero siervo de Dios. Cuando Alarico rey de los Godos tomó Roma y la saqueó, vino también a Nola y prendió al santo obispo. Dice san Agustín, que entonces se alegró el santo de no ser atormentado por el oro y la plata, porque todos sus tesoros tenía en el cielo; y habiendo saqueado después los vándalos la iglesia, procuró san Paulino desentrañarse y allegar lo que pudo para redimir a los cautivos. Y dice san Gregorio papa, que en esta sazón vino a san Paulino una pobre viuda a pedirle limosna para rescatar un hijo que los vándalos se habían llevado a África, y estaba en poder del yerno del rey. A la cual respondió el santo que ya no tenía cosa que darle, sino a sí mismo, y en efecto pasó a África, y se entregó al yerno del rey por el hijo de aquella viuda, haciendo todo el tiempo de su cautiverio oficio de hortelano, hasta que el rey de los vándalos sabiendo que Paulino era obispo, le mandó a su tierra cargado de dones y acompañado de los cautivos que pertenecían a su obispado. Finalmente después de haber gobernado largos años como santísimo pastor aquel rebaño de Cristo, fue consolado en su dichoso tránsito por los gloriosos santos Jenaro y Martín, que se le aparecieron y acompañaron su santa alma a los cielos. 


Reflexión: 

En el libro inmortal que nos ha dejado san Paulino sobre las Delicias de la antigua piedad cristiana, recomienda encarecidamente la caridad y misericordia, que es el principal mandamiento de la Ley evangélica, y la virtud que nos hace más semejantes al divino modelo Jesucristo. Por esta causa no dudó el santo en venderse por esclavo a trueque de rescatar al hijo de aquella viuda. ¡Oh, si prendiese el fuego de la caridad de Cristo en todos los corazones! ¿Habría por ventura en el mundo una sola familia menesterosa, un solo enfermo, una sola viuda, un solo huérfano, un solo pobre, que no hallase amparo y refugio bajo el manto de la caridad? 


Oración: 

Concédenos, oh Dios omnipotente, que la venerable festividad de tu confesor y pontífice san Paulino acreciente en nosotros la devoción y el deseo de nuestra salvación eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

martes, 21 de junio de 2016

San Luis Gonzaga (21 de junio)



San Luis Gonzaga. 

(† 1591.)

El angelical patrón de la juventud san Luis Gonzaga nació en Castellón, y fue hijo primogénito de don Ferrante Gonzaga, príncipe del imperio y marqués de Castellón, y de doña María Tana Santena de Chieri del Piamonte, dama muy principal y muy favorecida de la reina doña Isabel, mujer del rey don Felipe II. Lo criaron sus padres con gran cuidado como heredero suyo y de otros dos tíos suyos, en cuyos estados había de suceder. Siendo de cinco años, y tratando con los soldados de cosas de guerra con más ánimo que discreción, disparó un arcabuz y se quemó la cara, y otro día estuvo en peligro de perder la vida por poner fuego a un tiro pequeño de artillería. Entonces se le pegaron algunas palabras desconcertadas, que oía decir a los soldados sin entender lo que significaban, pero siendo avisado y reprendido por su ayo nunca jamás las dijo, y quedó de esto tan avergonzado, que tuvo éste por el mayor pecado de su vida. Siendo ya de ocho años se crió en la corte del duque de Toscana e hizo voto de perpetua virginidad ante la imagen de la Anunciada, y tuvo un don de castidad tan perfecta, que, como aseguraba el santo cardenal Belarmino, que lo confesó generalmente, jamás sintió estímulo en el cuerpo ni imaginación torpe en el alma, a pesar de ser, de su natural, sanguíneo, vivo y amoroso. No dejaba él de ayudarse para conservar aquella preciosa joya, refrenando sus sentidos, y llevando bajos los ojos, sin mirar jamás el rostro a las damas, ni a la emperatriz, ni aun a su propia madre. Ayunaba tres días por semana, traía a raíz de las carnes las espuelas de los caballos y se disciplinaba rigurosamente. Comulgando la fiesta de la Asunción en el colegio de la Compañía de Jesús de Madrid, oyó una voz clara y distinta que le decía se hiciese religioso de la Compañía de Jesús. No se puede creer los medios que tomó su padre para divertirle de su vocación; mas después de muchas y recias batallas, rindió el santo joven el corazón del padre y renunciando sus estados en favor de su hermano Rodolfo, entró en el noviciado de san Andrés de Roma, a la edad de dieciocho años no cumplidos. Entonces resplandecieron con toda su claridad celestial las virtudes de aquel angelical mancebo. Era tan dado a la oración que parece vivía de ella, y preguntado si padecía en ella distracciones, dijo al superior que todas las que había padecido en el espacio de seis meses no llegarían a tiempo que es menester para rezar un Ave María. De sólo oír hablar de amor divino se le encendía súbitamente el rostro como un fuego, y cuando oraba delante del santísimo Sacramento, parecía un abrasado serafín en carne mortal. Finalmente habiendo asistido a los pobres enfermos de mal contagioso, fue víctima de su ardentísima caridad, y como tuviese revelación del día de su muerte, cantó el Te Deum laudamus, y besando tiernísimamente el crucifijo, dio su bendita alma al Criador, siendo de edad de veintitrés años. 


Reflexión: 

El sumo pontífice Benedicto XIII, que puso al bienaventurado Luis en el catálogo de los santos, lo declaró también patrón y ejemplar de la juventud estudiosa. Mírense pues en este celestial espejo todos los jóvenes cristianos, y aprendan de él a conservar la inocencia de su alma, y, si la han ya perdido, a compensar con la penitencia la pérdida de joya tan preciosa. 


Oración: 

¡Oh Dios! repartidor de los dones celestiales, que juntaste en el angelical mancebo Luis una gran inocencia de alma con una maravillosa penitencia: concédenos por su intercesión y por sus merecimientos, que imitemos en la penitencia al que no hemos imitado en la inocencia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890


lunes, 20 de junio de 2016

San Silverio, papa y mártir (20 de junio)



San Silverio, papa y mártir.  

(† 538.)

El glorioso pontífice y mártir san Silverio fue natural de la campaña de Roma, e hijo de Hormisdas, el cual habiendo enviudado, se ordenó de Diácono de la iglesia Romana, y fue elevado después a la cátedra de san Pedro. No ascendió su hijo Silverio al sumo pontificado con puras y santas intenciones; mas apenas se vio sentado en la Silla apostólica sintió trocársele el corazón, lloró con amargas lágrimas su ambición pasada, edificó toda la cristiandad con el ejemplo de sus santas costumbres, y protegió la Iglesia de Dios hasta dar la vida en su defensa. Porque pretendiendo la emperatriz Teodora, que era hereje, restituir la silla de Constantinopla a Antimo, cabeza de los herejes eutiquianos, quiso que san Silverio, con su autoridad apostólica le volviese a aquella iglesia," y aun escribió a Belisario, general de sus tropas, que en caso que san Silverio se resistiese, le privase del pontificado. Propuso, pues, Belisario al pontífice lo que la emperatriz ordenaba, y el santo no hizo ningún caso de ello; sino que con gran constancia respondió que antes perdería el pontificado y la vida, que restituir a la silla de Constantinopla a un hereje impenitente y justamente condenado. Al ver Belisario lo poco que podían los fieros y amenazas con el santo pontífice, no quiso poner en él las manos sin algún justo o aparente pretexto. Entonces la mujer de Belisario, llamada Antonina, concertó con los herejes una gran maldad, fingiendo algunas cartas como escritas en nombre de Silverio a los godos, en que les prometía que si llegaban a Roma les entregaría la ciudad y al mismo Belisario que en ella estaba. Llamaron después Belisario y Antonina a su palacio al santo pontífice, y habiendo entrado, detuvieron a la otra gente que le acompañaba; y llegado al aposento donde estaba Antonina en la cama y Belisario a su cabecera, la descompuesta y loca mujer comenzó a dar voces contra el santo pontífice como si fuera un traidor que los quería vender y entregar en manos de sus enemigos; y diciendo y haciendo le despojaron de su hábito pontifical y le vistieron de monje, y con buena guardia le enviaron desterrado a Patara de Licia. Y aunque a suplicación del obispo de aquella ciudad, el emperador Justiniano le mandó volver a Roma, pudieron tanto los herejes con Belisario, que luego desterró al santo a una isla desierta del mar de Toscana, llamada Palmaria, donde afligido y consumido de pobreza, calamidades y miserias vino a morir. 


Reflexión: 

Caso extraño y lastimoso parece que nuestro Señor haya permitido que se tratase con tanto desacato a un vicario suyo en la tierra, pero debemos reverenciar sus secretos. Con estas calamidades quiso hacer santo a Silverio y honrarle como mártir con corona de eterna gloria; y a los que pusieron en él las manos les castigó severamente, porque Belisario que había sido uno de los más famosos capitanes del mundo perdió la gracia del emperador y fue despojado de su dignidad y hacienda; Teodora, la emperatriz, fue descomulgada y murió infelizmente, y Justiniano el emperador que era católico, cayó en la herejía de los monotelitas, y los Hunos, gente fiera y bárbara, le hicieron cruel guerra en Oriente, y los godos tornaron a hacerse señores de Roma, en castigo de lo que se había hecho contra el pontífice. ¡Así suele nuestro Señor castigar aun en esta vida con poderosa mano a los perseguidores de su santa Iglesia! 


Oración: 

Oh Dios omnipotente, mira compasivo nuestra humana fragilidad; y por la intercesión de tu bienaventurado pontífice y mártir Silverio, alívianos del peso de nuestras miserias. Por Jesucristo; nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

domingo, 19 de junio de 2016

Los santos hermanos Gervasio y Protasio, mártires (19 de junio)



Los santos hermanos Gervasio y Protasio, mártires.

(† Siglo I)


Habiendo descubierto san Ambrosio por divina revelación los sepulcros de estos santos mártires de Milán, halló a la cabecera una escritura con estas palabras: "Yo, Filipo, siervo de Cristo, en compañía de mi hijo hurté los cuerpos de estos santos, y dentro de mi casa los sepulté. Su madre se llamó Valeria, y Vital su padre. Nacieron de un parto, y los llamaron Gervasio y Protasio. Siendo ya difuntos sus padres, y habiendo sucedido ellos abintestato en sus bienes, vendieron la casa propia en que habían nacido y toda su hacienda, y repartieron el precio de ella a los pobres y a sus esclavos, dándoles libertad. Diez años vacaron a sólo Dios, dándose a la lección y a la oración, y al onceno, alcanzaron la corona del martirio. A esta sazón pasó por Milán el general Astasio que iba a la guerra contra los bárbaros: le salieron al camino los sacerdotes de los ídolos, y le dijeron que si quería alcanzar victoria de sus enemigos apremiase a Gervasio y Protasio, que eran cristianos, para que sacrificasen a los dioses inmortales, los cuales estaban de ellos tan enojados, que no querían hacer a los pueblos el favor que solían con sus oráculos. Les mandó Astasio buscar y prender, y les rogó que le hiciesen el placer de ofrecer con él sacrificio a los dioses, para que prosperasen su jornada y tuviese buen suceso aquella guerra: a lo que respondió Gervasio: "la victoria ¡oh Astasio! la da del cielo el Dios verdadero y no las estatuas vanas y mudas de los dioses". Se enojó Astasio sobremanera con esta respuesta, y lo mandó luego azotar y herir con plomadas fuertemente hasta que allí muriese; y con este tormento Gervasio dio su espíritu al Señor. Quitado de aquel lugar el cadáver, hizo llamar a Protasio y le dijo: "¡Desventurado y miserable! mira por ti, y no seas loco como tu hermano". Respondió Protasio: "¿Quién de los dos es miserable, tú que me temes a mí, o yo que no te temo a ti, ni hago caso de tus dioses ni de tus amenazas?" Al oír el general estas palabras lo mandó moler a palos con unos bastones nudosos, y le dijo: "¿Quieres perecer como tu hermano? El santo respondió: "No me enojo contigo porque mi Señor Jesucristo no abrió su boca contra los que le crucificaron: te tengo lástima y te perdono porque no sabes lo que haces". Finalmente el general lo hizo degollar, y mandó arrojar los sagrados cadáveres de los dos hermanos en un muladar. Y yo Filipo, siervo de Cristo, con mi hijo tomé de noche los cuerpos de estos santos y los llevé a mi casa y siendo Dios sólo testigo los puse en un arca de piedra". 


Reflexión: 

Habiéndose aparecido los santos a san Ambrosio, arzobispo de Milán, convocó éste a todos los obispos comarcanos, y cavando la tierra en el lugar señalado que estaba en la iglesia de san Nábor y san Félix, hallaron el arca de piedra. La abrieron, y vieron los cuerpos de los mártires, y el fondo del sepulcro lleno de sangre, exhalando un maravilloso olor que se extendió por toda la iglesia, e ilustrándoles el Señor con estupendos milagros, señaladamente dando vista a un ciego muy conocido en toda aquella ciudad de Milán. Roguemos al Señor que estos auténticos prodigios referidos largamente por san Ambrosio que los presenció, abran los ojos de nuestra alma para ver con mayor luz del cielo la divinidad de la fe por la cual dieron sus vidas tan ilustres mártires. 


Oración: 

¡Oh Dios! que cada año nos alegras con la festividad de tus bienaventurados mártires Gervasio y Protasio; asístenos con tu gracia para que nos inflamen con sus ejemplos estos santos de cuyos méritos nos alegramos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

sábado, 18 de junio de 2016

San Marcos y san Marceliano, hermanos mártires (18 de junio)



San Marcos y san Marceliano, hermanos mártires. 

(† 286.)


Los valerosos y nobles caballeros de Jesucristo, Marcos y Marceliano, fueron romanos y hermanos de un vientre y de ilustre sangre, e hijos de Tranquilino y de Marcia, personas muy ricas y principales. Eran cristianos y ya casados, y con hijos. Los mandó prender por la fe de Cristo, Cromacio, prefecto de Roma, y los condenó a gravísimos tormentos y a ser después degollados, si dentro de treinta días no volvían en sí obedeciendo al mandamiento imperial y adorando a los dioses del imperio. En este espacio de tiempo no se puede fácilmente creer las máquinas que usó el demonio para derribarlos, las batallas que tuvieron, la batería y asaltos que les dieron su padre y su madre, sus mujeres e hijos, sus deudos, amigos y conocidos que eran muchos, por ser los santos mártires personas de tanta calidad y estima. El glorioso san Sebastián, que era a la sazón caballero de la corte imperial, y encubría exteriormente su fe para ayudar mejor a los cristianos perseguidos, se halló presente a todos estos encuentros y combates: y viendo que las entrañas de Marcos y Marceliano se ablandaban, con las lágrimas de sus padres, esposas e hijos, juzgó que era tiempo de declarar lo que tenía encerrado en su pecho, y manifestar que era cristiano, para que los dos hermanos no lo dejasen de ser; ni dejasen de exponer su cuerpo a la muerte por la fe de Jesucristo. Entonces les habló tan altamente de la brevedad, fragilidad y engaños de esta vida mortal, y de la certidumbre y gloria de la bienaventuranza de que presto gozarían, que los dos santos hermanos se determinaron a morir, y los que estaban presentes se convirtieron a la fe del Señor, y fueron compañeros en el martirio de aquellos mismos a quienes antes con palabras, llantos y gemidos persuadían a adorar los falsos dioses. Y así pasado el término de los treinta días, un juez llamado Fabián, que había sucedido a Cromacio, y era hombre cruelísimo, mandó atar a los santos hermanos en un madero y enclavar en él sus pies con duros clavos. En este tormento estuvieron un día y una noche, alabando al Señor y cantando a versos algunos salmos, repitiendo con singular afecto y ternura aquellas palabras del real Profeta: "¡Oh! ¡qué buena y qué alegre cosa es habitar dos hermanos en uno!" Finalmente, espantado el juez de la fortaleza y perseverancia de los dos santos hermanos, que en lugar de desear verse libres de aquellos grandes tormentos, le pedían que les dejase morir allí unidos de aquella manera en le amor de Jesucristo, mandó que los alanceasen y con este género de muerte dieron sus almas a Dios. 


Reflexión: 

Has visto como estos dos santos hermanos movidos por la falsa compasión de los que les amaban con sólo el amor de la carne y sangre, llegaron a blandear con sumo riesgo de perder la fe y la palma del martirio. ¡Alerta pues con las seducciones del amor carnal, y de las amistades y respetos mundanos! Porque si por una criminal condescendencia llegases a perder la amistad de Dios, el alma y el cielo; ¿por ventura podrían tus deudos o amigos librarte del infierno? Y aunque ellos también se condenasen, ¿acaso podrían darte allí algún alivio o consuelo con su presencia y maldita compañía? Deja pues su amistad, si no puede compadecerse con la amistad de Dios. Un corazón magnánimo no ha de temer a ningún hombre: sólo ha de temer a Dios omnipotente. 


Oración: 

Concédenos, oh Dios todopoderoso, que pues celebramos el nacimiento para el cielo de tus santos mártires Marcos y Marceliano, seamos libres por su intercesión de todos los males que nos amenazan. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

viernes, 17 de junio de 2016

San Avito, abad de Micy (17 de junio)




San Avito, abad de Micy.

(† 530)


El religiosísimo abad de Micy san Avito fue hijo de un pobre labrador del territorio de Orleans. Habiendo visto algunos monjes de la abadía de Micy, se echó a los pies del abad san Mesmino y le suplicó con los ojos llenos de lágrimas se dignase darle el sagrado hábito o por lo menos recibirlo como criado de su monasterio, añadiendo que antes se dejaría morir allí que volverse al mundo. Viendo el abad aquella humildad y resolución del fervoroso mancebo, lo admitió y contó entre sus hijos. Lo nombró procurador del monasterio; y él sustentaba con mucha caridad a los pobres que se llegaban a la puerta, con lo cual merecía que el Señor lloviese sus bendiciones sobre aquella sagrada comunidad. Mas al poco tiempo movido de Dios se retiró con licencia de su santo abad, a un bosque muy solitario que estaba no lejos de allí y se llamaba el desierto de Soloña. Por este tiempo pasó de esta vida mortal a la eterna son Mesmino; y por voz común de todos los monjes y del obispo de Orleans, el glorioso san Avito fue nombrado superior de aquellos religiosos; mas como el santo se juzgase indigno de aquel cargo, dejó su renuncia por escrito, y llevando consigo a uno de sus monjes se retiró secretamente a otro desierto llamado de la Percha. Allí dio habla a un mudo de nacimiento, y corriendo de boca en boca la noticia de este prodigio, concurrían de todas partes las gentes a visitarle y porque muchos querían acompañarle en aquella soledad, labró un monasterio que se llamó después el monasterio de san Avito, donde se vieron los admirables ejemplos que habían dado los discípulos de san Antonio en Oriente. Dejó algún tiempo el santo abad un retiro para ir a Orleans donde le llamaba el bien de las almas, y habiendo alumbrado allí a un ciego de nacimiento, el gobernador de la ciudad para celebrar este y otros prodigios del varón de Dios mandó abrir las cárceles y dar libertad a los presos. Volviendo Avito a su convento, halló en el féretro a su discípulo que había traído consigo del monasterio de san Mesmino, e hincándose de rodillas dijo al cadáver: "Yo te mando en nombre de Dios todopoderoso que te levantes". Y alzándose el difunto, se arrojó a los pies del santo y fue con él a dar gracias a Dios. El glorioso san Lubin, obispo de Chartres, asegura que oyó este prodigio de boca del mismo monje resucitado, el cual sobrevivió muchos años a nuestro santo. Finalmente lleno de méritos y virtudes, a la edad de sesenta años entregó su purísima alma al Señor.


Reflexión:

De varios santos leemos que han alcanzado con su autoridad y susprodigios la libertad de los presos, y el de los días de san Pablo que libró de la servidumbre el esclavo Onésimo y le llamó con el dulce nombre de hermano, hasta la obra de la Redención de Cautivos y actual rescate de los esclavos de África, siempre se ha mostrado la Religión cristiana amiga y favorecedora de la libertad. ¿Sabes por qué? Porque para obligar a los hombres al cumplimiento de sus deberes, tiene medios más eficaces que los recursos de la fuerza y de la violencia de que ha de echar mano la justicia humana: pues ésta sólo puede atar los brazos del cuerpo; mas la religión ata hasta los malos deseos del alma. Por esta causa vemos que los que temen solamente a la justicia de los hombres se ríen de ella muchas veces, mas el que teme a Dios, tiembla de sus amenazas, porque sabe que es imposible escaparse de las manos divinas.


Oración:

Te suplicamos, Señor, que nos recomiende delante de ti la intercesión del bienaventurado san Avito, para que alcancemos por su patrocinio lo que no de podemos conseguir por nuestros méritos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amen.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

jueves, 16 de junio de 2016

San Juan Francisco de Regis, confesor (16 de junio)



San Juan Francisco de Regis, confesor. 

(† 1640.)


El fervorosísimo misionero de los pobres Juan Francisco de Regis, de la Compañía de Jesús, fue natural de una aldea de Francia llamada Fontcuberta, que está en el obispado de Narbona. Nació de padres nobles y ricos, y desde su niñez fue muy inclinado a socorrer a los pobres. Habiendo entrado en la Compañía de Jesús a los diecinueve años de edad, hizo tales progresos en la virtud, que le llamaban la Regla viva de san Ignacio. Bien enseñado en las letras humanas y divinas y ordenado de sacerdote fue destinado al apostólico ministerio de evangelizar a los pobres. Predicaba dos y tres veces cada día; dormía dos o tres horas en el duro suelo, su ordinario alimento era pan y agua, y en los diez últimos años de su vida jamás se desnudó el áspero cilicio con que traía afligida su carne. Partía a sus misiones en tiempo de hielos muy rigurosos, llegándole la nieve algunas veces a la rodilla y a la cintura: pero como él estaba tan abrasado de amor de Dios y deseoso de padecer por la eterna salud de las almas, todo lo llevaba en paciencia y con alegría. Jamás fueron parte para estorbar sus intentos los rigores del frío, los vientos, los precipicios y la aspereza de las montañas. No hubo pueblo, aldea, choza ni cabaña en los obispados del Puy, Viena, Valencia y Viviers, donde no predicase la divina palabra. En Fai dio vista a dos ciegos; en Marlhes libró a un furioso endemoniado, en Montfaucon asistió con admirable caridad a los apestados y por sus oraciones cesó el contagio; y en una gran hambruna y carestía que afligió en Puy multiplicó tres veces el trigo destinado para el sustento de los pobres. Había fundado en varias principales ciudades, algunas casas de recogimiento para las mujeres arrepentidas: no es fácil decir los malos tratamientos que por esta causa padeció; porque fue calumniado, abofeteado, azotado, arrastrado y no pocas veces perseguido de muerte. Lo llamaron una vez unos hombres de vida licenciosa diciendo que se querían confesar con él: mas el santo sabiendo por divina revelación que llevaban intención de matarlo, les habló con tanto espíritu de Dios, que en efecto confesaron con gran sentimiento y lágrimas sus pecados. Finalmente, después de haber convertido a penitencia a innumerables herejes calvinistas y pecadores, y alcanzándoles la gracia señaladísima de la perseverancia, a los cuarenta y cuatro años de edad descansó en la paz del Señor. Su muerte fue muy llorada por todos, especialmente de los pobres, de los cuales siempre iba rodeado diciendo que eran la porción más escogida del rebaño de Jesucristo. 


Reflexión: 

El Señor ha querido ilustrar el sepulcro de san Juan Francisco de Regis con innumerables y estupendos prodigios. La aldea de Lalovesco, donde se halla, es ya una crecida población, célebre por el concurso de peregrinos que acuden de muchas provincias para hallar remedio en toda suerte de enfermedades: y el feliz suceso de tantas curaciones milagrosas que el santo está obrando, atrae peregrinos de muchas otras regiones apartadas. Al pie de aquel famoso sepulcro pueden también hallar seguramente los incrédulos, la fe y la salud de sus almas, viendo por sus ojos las maravillas que obra el Señor para acreditar la gloria de aquel gran santo. 


Oración: 

¡Oh Dios! que adornaste con una admirable caridad, y con una invencible paciencia a tu confesor el bienaventurado Juan Francisco, para que pudiese sufrir tantos trabajos por la salvación de las almas; concédenos benigno, que enseñados de sus ejemplos y protegidos con su intercesión, merezcamos el premio de la vida eterna. Por Jesucristo, nuestra Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

miércoles, 15 de junio de 2016

Los santos Vito, Modesto y Crescencia, mártires (15 de junio)



Los santos Vito, Modesto y Crescencia, mártires.

(† 303.)

Nació el glorioso niño san Vito en la ciudad de Mazara, que está en el reino de Sicilia, de padres muy ricos y poderosos, pero gentiles: mas el niño fue bautizado secretamente y bien enseñado en las cosas de la fe de Jesucristo por Crescencia, que había sido su ama de leche, y por Modesto, marido de Crescencia, el cual era también muy fervoroso cristiano. Siendo ya Vito de doce años, el prefecto de Sicilia que había tenido noticia de la fe y religión que ocultamente profesaba, llamó al padre de Vito para que lo redujese al culto de los ídolos, amenazándolo que corría peligro de muerte si no sacrificaba a los dioses. Tentó el padre gentil los medios blandos y aun los halagos de unas doncellas deshonestas para salir con su intento, y viendo que nada aprovechaba para apartarle de la fe, lo entregó inhumanamente al prefecto Valeriano para que ejerciese en él su rigor. Mas como Modesto y Crescencia supiesen aquella bárbara resolución del padre, tomaron a Vito y se fueron con él al mar, y entrando en un navío que allí encontraron aprestado, pasaron al reino de Nápoles para librarse de la persecución. Tampoco hallaron aquí la seguridad que buscaban; porque habiendo sido acusados por la profesión de su fe, fueron presos y cargado de cadenas. Mandó después el tirano ponerles en la catasta (que era un tablado alto y eminente, en que se extendía y atormentaba a los santos mártires con varios instrumentos y penas) ; y les descoyuntaron los miembros, rasgaron y despedazaron sus benditos cuerpos. Y como perseverasen firmes en la cárcel amenazándoles con otros horribles suplicios, echaron a Vito un león ferocísimo para que lo despedazase, y como si fuera un manso cordero cayó a los pies del santo niño, y halagándole, se los lamía. Entonces dijo Vito al tirano: "¿No ves cómo las fieras se amansan y olvidadas de su crueldad natural reconocen y obedecen a su Señor, y tú lo desconoces y desobedeces?" Se convirtieron a la fe de Cristo gran número de los que estaban presentes en este espectáculo; pero el desventurado gobernador estaba tan empedernido, que ni las palabras del santo niño, ni los milagros que veía, bastaron para ablandarle; y así probó en vano a aquellos mártires con otros cruelísimos tormentos, en los cuales perseverando firmes hasta la muerte alcanzaron la gloriosa palma del martirio. 


Reflexión: 

¿Quién no ve en este martirio de san Vito la omnipotencia de Dios, que en un flaco y delicado niño de doce años, así triunfó de los tormentos, de la muerte y de todo el poder del infierno? ¿Quién temerá su flaqueza o desmayará, considerando la virtud del Señor? Y ¿quién se fiará de amor de padre o de otro hombre, si no es fiel a Dios, viendo cómo el mismo padre de san Vito, fue como su verdugo y causa de su martirio? Deben los hijos estar sujetos y rendidos a la voluntad de sus padres, en todas las cosas que no sean pecado; pero no han de obedecerles si les mandan cosas malas, y manifiestamente contrarias a la voluntad divina. En este caso, el hijo que obedece al malvado padre, no merece tener por padre a Dios. 

Oración: 

Te suplicamos, Señor, que por la intercesión de tus santos mártires Vito, Modesto y Crescencia, concedas a todos los fíeles un santo horror a la mundana sabiduría, y gracia para hacer cada día nuevos progresos en aquella santa humildad que tanto te agrada; a fin de que huyendo y menospreciando todo lo malo, se apliquen libre y generosamente a todo lo bueno. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

martes, 14 de junio de 2016

San Basilio Magno, doctor de la iglesia y obispo (14 de junio)




San Basilio Magno, doctor de la iglesia y obispo.

(† 379.)


Toda la antigüedad ha dado a san Basilio el título de Magno, porque en él, todas las cosas fueron grandes: grande su ingenio, grande su elocuencia, grande sus milagros. Nació en Cesárea de Capadocia y fue hijo de san Basilio y de santa Emilia, nieto de santa Macrinia, hermano de san Gregorio Niseno, de san Pedro de Sebaste y de santa Macrina la joven. Aprendió las letras humanas primero en Cesárea y después en Constantinopla y en Atenas, que era a la sazón madre de todas las ciencias; donde trabó muy estrecha y cordial amistad con Gregorio Nazianzeno, porque eran los dos muy parecidos no menos en el ingenio que en la virtud. Allí alcanzó fama de varón sapientísimo en todo género de letras, y las enseñó con grande aplauso. Convirtió a Eubulo su maestro; y los dos fueron a Jerusalén a visitar los santos lugares, y bautizarse en el Jordán. Al tiempo que Máximo, obispo de Jerusalén. bautizaba a Basilio, bajó una llamarada de fuego del cielo y de ella salió una paloma que tocó con sus alas las aguas, y luego voló a lo alto, dejando llenos de admiración y temor a los que estaban presentes. Ordenado de presbítero en Cesárea, se retiró por no ser compelido a aceptar la dignidad de obispo, a un desierto del Ponto, y allí vivió algunos años en compañía de san Gregorio Nazianzeno, con un género de vida tan admirable que más parecían ángeles que hombres. Mas como en tiempo del emperador Valente, arriano, la herejía como furioso incendio abrasase todo el Oriente, y en Cesárea hiciese grandes estragos, salió el santo de su yermo para oponerse a los herejes. En esta sazón murió el obispo de Cesárea; y todo el clero y pueblo aclamó por su pastor a san Basilio. En una hambre cruelísima que sucedió, vendió el santo todas sus posesiones, y predicó de la limosna en los templos, plazas, calles y casas de los ricos, con que alivió aquella extremada necesidad. Edificó para los pobres un hospital tan insigne y suntuoso, que se podía contar entre las maravillas del mundo, como escribe el Nazianzeno. Habiendo rogado a Dios que atajase los pasos del emperador Juliano el Apóstata, que intentaba matarle y destruir toda la Iglesia de Cristo, fue aquel impío tirano muerto en la guerra de Persia: y queriendo el emperador Valente desterrar al santo, al tiempo de firmar el decreto, la silla en que estaba se quebró, la pluma no dio tinta, aunque la mudó tres veces, y el brazo comenzó a temblarle como si estuviera tocado de perlesía. Entonces se rindió y rasgó el decreto. La penitencia de san Basilio era más admirable que imitable, y estaba tan flaco que no parecía tener más que la piel y los huesos. Finalmente después de haber gobernado santísimamente su Iglesia ocho años, obrado estupendos milagros y escrito admirables libros, murió a los cincuenta y un años de su edad.


Reflexión: 

Las alabanzas que dan a san Basilio los santos doctores Gregorio Nazianzeno, Gregorio Niseno, Efrén y otros, son tantas y con tan grande encarecimiento, que ellas solas bastan para entender la estimación y veneración con que hemos de honrarlo e imitarlo. Sigamos pues los ejemplos y doctrinas de este gran doctor de la Iglesia tan lleno de espíritu de Dios, y andaremos seguros por el camino de nuestra eterna salud sabiendo de cierto que agradamos a nuestro Señor, el cual para nuestra enseñanza lo hizo tan sabio y tan santo. 


Oración: 

Te suplicamos, Señor, que oigas las oraciones que te ofrecemos en la solemne fiesta de tu bienaventurado siervo y confesor Basilio, librándonos de nuestros pecados por la intercesión y méritos del que te sirvió con tanta fidelidad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

lunes, 13 de junio de 2016

San Antonio de Padua, confesor (13 de junio)



San Antonio de Padua, confesor.

(† 1231.)

El maravilloso predicador de Cristo, san Antonio de Padua, nació en Lisboa, cabeza del reino de Portugal, y fue hijo de muy nobles y virtuosos padres. Bebió con la leche de su madre la devoción a la Virgen santísima; y a la edad de quince años tomó el hábito en el monasterio de canónigos reglares de san Agustín, donde hizo su profesión: mas once años después, pasó con la venia de sus superiores a la religión seráfica, llevado del deseo de convertir a los moros y derramar su sangre por Jesucristo. Pero el Señor que le destinaba a otro apostolado, lo envió en África una grave enfermedad; y para cobrar salud se embarcó con rumbo a España, mas por vientos contrarios fue llevada la nave a Italia. Le mandó su seráfico padre san Francisco, que leyese teología en las ciudades de Montpellier en Francia, y de Bolonia y Padua en Italia, y le encomendó después el oficio de predicar. Eran sus palabras como unas llamas de fuego que abrasaban los corazones, y como Dios las confirmaba con grandes prodigios, fueron innumerables los herejes y pecadores que convirtió así en Francia como en Italia. Una vez, disputando con un hereje llamado Bonibillo que negaba la presencia de Cristo en la Eucaristía, hizo que la mula del hereje, a pesar de haber estado tres días sin comer, dejase la cebada que le ponían delante, para arrodillarse delante del santísimo Sacramento; con este milagro se convirtió aquel principal maestro de los herejes. Otra vez estando en la ciudad de Armiño, para confundir a los herejes que no querían oírle, se llegó a la ribera del mar, a predicar a los peces, a los cuales, asomando del agua les echó su bendición. Lo convidaron un día unos herejes a comer y le pusieron ponzoña en el plato; y el santo les afeó aquella maldad, pero haciendo la señal de la cruz sobre el manjar, lo comió sin recibir del veneno lesión alguna. Aconteció muchas veces que predicando en una lengua le entendían los oyentes de diferentes naciones y lenguas, como si predicara en la de cada uno, y aun fue oído dos millas lejos de donde predicaba. Era tanta la gente que acudía a sus sermones, que no cabiendo en los templos se salían a los campos. Acechó una noche al santo el huésped que le había recibido en su casa, y vio en su aposento una gran claridad, y el Niño Dios hermosísimo y sobremanera gracioso encima de un libro, y después en los brazos de san Antonio, y que el santo se regalaba con él sin apartar los ojos de su divino rostro. Finalmente a los diez años de sus apostólicos ministerios, acabó su vida llena de virtudes, y en la ciudad de Padua entregó su alma bienaventurada al Señor. 


Reflexión: 

Entre los milagros con que Dios ilustró a este santo gloriosísimo, es muy digno de mención el que aconteció treinta y dos años después de su muerte, en la traslación de su sagrado cuerpo. Porque se halló entre los huesos de la boca la lengua tan entera y fresca como si estuviera viva: y tomándola en las manos san Buenaventura, que era a la sazón Ministro general de la orden de san Francisco, bañado en lágrimas exclamó: "¡Oh lengua bendita! ¡que siempre alabaste a Dios, y fuiste causa de que tantos le alabasen: bien se ve ahora de cuánto merecimiento eres delante del Criador, que para tan alto oficio te había formado!" Empleemos también la nuestra en alabar al Señor; ya que es éste el mejor uso que podemos hacer de ella. 

Oración: 

Haz, Señor Dios mío, que la solemne festividad de tu confesor Antonio regocije toda la Iglesia, para que fortificada con los socorros espirituales, merezca disfrutar los gozos eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

domingo, 12 de junio de 2016

San Juan de Sahagún, confesor (12 de junio)



San Juan de Sahagún, confesor.

(† 1479.)


El apostólico varón san Juan de Sahagún, decoroso ornamento de la sagrada orden de Ermitaños de san Agustín, nació de nobles padres en la población de Sahagún, que está en la provincia de León en España. Siendo todavía de tierna edad solía juntar a los otros muchachos, y subido a lo alto de una piedra les predicaba con tanto celo y discreción, que todos decían que aquel admirable niño había de ser un apostólico orador. Pasó su mocedad entre los pajes del arzobispo de Burgos, renunció una canongía, y otros beneficios eclesiásticos; y después de una peligrosísima enfermedad, por cumplir con un voto que había hecho, tomó el hábito de los ermitaños de san Agustín, y fue tan admirable el ejemplo de sus virtudes, que le confiaron los superiores el cargo de maestro de novicios. Todos los días purificaba su alma con el sacramento de la penitencia, diciendo que ignorando en qué día había de morir, debía estar siempre prevenido para la hora de su muerte. Celebraba diariamente la misa con gran ternura y devoción, y antes de comulgar le oyeron decir algunas veces: "¡Señor! yo no te puedo recibir si no te vuelves a la primera especie eucarística". Y era, como manifestó humildemente al superior, que se le aparecía Jesucristo en carne humana, unas veces con las señales de la pasión, y otras glorioso. Ardiendo la ciudad en Salamanca en una guerra civil, causada por la enemistad de dos familias que habían atraído a sus bandos a la mayor parte de los vecinos, cuando todos respiraban ira y venganza, el santo predicó con tanto espíritu de Dios, que compuso las paces, y ablandó los ánimos que habían resistido a la autoridad de tres reyes. En cierta ocasión se imaginó un caballero muy principal que el santo le había injuriado en sus sermones, y buscó asesinos para que le vengasen; mas cuando éstos iban a poner sus manos sacrílegas en el santo, que salía de la iglesia, quedaron inmobles y pasmados, hasta que reconociendo su culpa se echaron a sus pies para que les perdonase. Pasando por una calle le dijeron que se había caído un muchacho dentro de un pozo, y movido el santo por las lágrimas de la madre, echó la bendición a las aguas del pozo, y subieron casi hasta el brocal. Entonces el santo alargó su correa al niño, el cual asido de ella salió del pozo sin haber recibido daño alguno. Finalmente después de haber convertido a penitencia a innumerables pecadores, quiso el Señor que muriese este santo por haber predicado contra la deshonestidad, como el Bautista: porque se tiene por cosa cierta que una dama muy principal, de cuyos lazos había el santo librado a un caballero, le dio un veneno que le causó la muerte. Estuvo su santo cadáver en el féretro algunos días para satisfacer la devoción de innumerables gentes que acudieron a venerarlo, y el Señor acreditó su santidad, con repetidos y grandes prodigios. 


Reflexión: 

No hay duda que arden a veces los odios y enemistades con tan grandes llamas, que no bastan a apagarlas ni la manifiesta sinrazón de tomarse el hombre la venganza por sus propias manos, ni aun el temor de la muerte y del patíbulo. Pero el glorioso san Juan extinguía el fuego de los odios con la sangre de Cristo: porque en efecto, quien considera al divino Redentor perdonando en la cruz a los que le estaban crucificando, o no es cristiano, o debe perdonar también de corazón a sus enemigos. 


Oración: 

Oh Dios, autor de la paz y amante de la caridad, que condecoraste al bienaventurado Juan, tu confesor, con la admirable gracia de componer a los enemistados: concédenos por sus méritos e intercesión, que afirmados en tu caridad, no nos separemos de ti por ningún motivo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

sábado, 11 de junio de 2016

San Bernabé, apóstol (11 de junio)



San Bernabé, apóstol. 

(† 62)

El bienaventurado discípulo y mártir de Jesucristo, san Bernabé, que también en la Escritura se llama José Levita, fue hebreo de nación, de la tribu sacerdotal de Leví, y nació en la isla de Chipre, en la cual sus padres tenían grandes y ricas posesiones. Aprendió en Jerusalén las letras sagradas, en la escuela de Gamaliel, varón doctísimo y muy versado en la ley de Moisés, y tuvo por condiscípulo a san Esteban protomártir, y a Saulo, que después se llamó Pablo y fue apóstol y vaso escogido del Señor. En este tiempo vino Cristo nuestro Redentor a Jerusalén, y maravillado Benabé de su celestial doctrina, ejemplos y milagros, entendió que era el Mesías prometido, y se echó a sus pies; el Señor le bendijo y le contó en el número de los setenta y dos discípulos que le siguieron. Y él, conforme al consejo evangélico, repartió su hacienda entre los pobres, quedándose con una sola posesión, cuyo precio, después de la Ascensión del Señor, puso también a los pies de los apóstoles. Cuando los discípulos huían todavía de san Pablo, porque ignoraban su conversión, san Bernabé se llegó a él, y entendiendo cuán trocado estaba, y lo que le había acontecido yendo a Damasco, lo abrazó y lo llevó a los apóstoles y con gran regocijo fue admitido en su compañía. Enviaron los apóstoles a Bernabé a Antioquía donde estuvo con san Pablo predicando por espacio de un año, con tan gran aprovechamiento de los fieles, que dejando el nombre de discípulos y perdiendo el vano temor y respeto del mundo, se comenzaron a llamar cristianos. Volviendo después a Jerusalén, se concertaron allí con san Pedro algunos otros apóstoles, para que ellos predicasen a los hebreos, y Saulo y Bernabé a los gentiles. No es fácil decir los trabajos y persecuciones que padecieron estos dos santos por sembrar la doctrina evangélica y plantar a Cristo en los corazones de los hombres en tantas ciudades, islas, reinos y provincias. Y, a lo que escriben graves autores y se saca de firmes testimonios y piedras antiguas, san Bernabé fundó la iglesia de Milán, y estuvo en ella siete años, y fue el primer arzobispo de aquella insigne ciudad. También se muestra en Brescia el altar donde el santo apóstol decía misa y en otras muchas iglesias se conserva la memoria de este varón apostólico y compañero de san Pablo. Finalmente hallándose en la isla de Chipre, vinieron de Siria unos judíos con intención de perseguirle y darle la muerte; y aunque el santo lo entendió, deseoso ya de juntarse con Jesucristo, entró en la sinagoga para predicar a los judíos; mas éstos, con gran enojo le echaron mano, y le apedrearon, en cuyo martirio dio su espíritu al Señor. 


Reflexión: 

Aunque san Bernabé no era del número de los doce apóstoles que escogió Jesucristo, los primeros santos padres de la Iglesia le dan ya el título de apóstol, no sólo por sus muchos y apostólicos caminos y trabajos, sino que también por haber sido particularmente llamado por el Espíritu Santo a aquel sagrado ministerio. (ACT. APOST. XII, 2). Lo honremos, pues, como a los doce apóstoles que son las doce columnas indestructibles de la Iglesia, y despreciando las doctrinas anticatólicas, que son edificios sin fundamento, descansemos con entera confianza en la verdad de la Iglesia católica, sellada con la sangre del Redentor, y de sus santos apóstoles y discípulos. 


Oración: 

Oh Dios, que nos consuelas con la intercesión de tu bienaventurado apóstol Bernabé, concédenos benigno, que consigamos por tu gracia aquellos beneficios que te pedimos por su ruego. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

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